El martes, a medida que las búsquedas [por sobrevivientes] ocurrían alrededor de la ciudad, personas de todos los sectores de la vida participaban en los esfuerzos de limpieza y rescate, mientras que otros ofrecían sus hogares a los damnificados. “He estado ayudando en un edificio derrumbado”, me dijo la escritora Brenda Lozano. “Estas cadenas humanas son una de las cosas más hermosas que he experimentado, y también una de las más difíciles de soportar.”

Hace un par de días, fuimos parte de uno de esos acontecimientos que serán recordados como “¿y dónde estabas cuando…?”: justo el día que conmemoramos el aniversario del Terremoto de 1985, y apenas dos horas después del simulacro anual llevado a cabo como consecuencia de éste, ocurrió otro sismo, que si bien fue menos destructivo que el de 32 años atrás, nos recordó lo frágil que es nuestra infraestructura ante la furia de la madre naturaleza, pero también nos demostró que como sociedad, tenemos la fortaleza para levantarnos y ayudar al prójimo cuando las circunstancias así lo requieren.

Pic: Mexico 2017 Earthquake - Relief in Mexico City

Después del desastre: camiones con víveres llegando a las inmediaciones de la delegación Benito Juárez, una de las áreas más castigadas por el sismo, con 6 edificios derrumbados y 32 en riesgo de colapso.

Aunque todavía era relativamente pequeño cuando ocurrió el temblor del 85, recuerdo muy bien cómo mis padres se quejaban de la torpe respuesta por parte de las autoridades ante el desastre: el presidente prácticamente se encerró en la Residencia Oficial de Los Pinos por casi tres días antes de dar la cara para emitir un comunicado oficial, forzando a la sociedad capitalina a crear brigadas de auxilio como los Topos de Tlatelolco. Hoy, veo que cambió enormemente la actitud de nuestro país, pues casi de inmediato, la gente tomó el control de sus propias vidas, organizándose para apoyar a su comunidad.

En 1985 para informarnos, sólo contábamos con la radio, la televisión y la prensa escrita. A pesar de que la mayoría de los medios de comunicación funcionaban, los reporteros, periodistas y técnicos faltaron a sus trabajos o no podían llegar debido a los bloqueos provocados por los derrumbes; además de que muchos de ellos estaban fuertemente censurados por el gobierno mexicano. Debido a la falta de coordinación de los servicios de emergencia, muchos automóviles privados fueron convertidos en ambulancias. Y ya que no existía un plan de respuesta adecuado, se establecieron cocinas comunitarias para servir no sólo a los damnificados, sino también a la enorme cantidad de personas que trataban de restablecer un sentido de normalidad y orden en la capital mexicana. El punto es, que se necesitaron varios días y hasta semanas, en algunos casos, para que todos nos diéramos cuenta del nivel de devastación que había ocurrido.

Este martes, a pocos minutos del terremoto inicial, en Facebook, Twitter y otras redes sociales ya se estaban publicando los primeros videos del sismo, y unas cuantas horas después ya se estaban organizando las labores de rescate y reportes de personas desaparecidas. Lo impresionante es que, en la mayoría de los casos, ya sabían lo que necesitaban: lámparas, gasolina, extensiones eléctricas, gatos hidráulicos, etcétera. Y a través de las mismas redes, la sociedad se estaba solidarizando con las labores de rescate: las personas abrían su Wi-Fi (ya que la red de telefonía se saturó por más de 6 horas), mientras profesionistas del sector salud ofrecían sus servicios sin costo alguno. Ya casi al final del día, algunas compañías – como farmacias, hospitales privados y algunas empresas de construcción y transporte – comenzaban a ofrecer sus servicios y productos de manera gratuita a los rescatistas y damnificados por igual. Dentro del caos, podía verse esa versión de nuestro México que nos enorgullece a propios y extraños:

[a tres horas de haber ocurrido el terremoto]

Vidrios rotos por todas partes, edificios deformes, semáforos en el piso. Grupos de voluntarios corriendo con palas, chalecos, cascos, víveres; camionetas de albañiles dispuestos a ayudar.

Un hombre joven pedía pilas a gritos. En su mochila traía arneses y equipo de salvamento. Había escuchado que una mujer estaba atrapada en un edificio e iba a entrar por ella. Solo.

El edificio de Álvaro Obregón parecía una postal macabra del 85. La gente se apiñaba para ayudar: diez civiles por cada militar o policía trepados sobre las ruinas, jalando escombro, solicitando comida, agua y medicamentos.

César Blanco. Las primeras horas (primera parte). (Revista Nexos, 2017).

En esta ocasión, nuestra “mente colectiva” se ha visto beneficiada por el poder de la web 2.0, pues ésta ha permitido optimizar la logística de las labores de rescate; desde aquella chica que fue encontrada gracias a sus mensajes de ayuda a través del WhatsApp, hasta los mensajes de Twitter en los que están especificando exactamente qué suministros son necesarios y dónde hay que entregarlos, mientras el Safety Check, activado por Facebook, ayudó a familiares y amigos a localizar a sus seres queridos. Incluso Waze y Google Maps, que son aplicaciones de navegación por GPS, han ayudado a la población a encontrar centros de acopio de víveres. A pesar del a veces exceso de información, la difusión accidental de noticias falsas como ese supuesto megaterremoto alertado por la ONU, o trolls con la intención de sembrar desinformación, la realidad es que el sentir general en México es que el país no será destruido por el desastre. Por el contrario, la unidad y el sentimiento de solidaridad hasta ahora han sido extraordinarios.

Conclusiones

Aunque este es un evento en curso, vale la pena mencionar el impacto que las redes sociales han tenido antes, durante y después del sismo. Dejando de lado los méritos, usos y malos usos de los medios de comunicación social como Twitter, Facebook y Snapchat, el potencial para salvar vidas es muy alto: cada vez que ocurre un desastre, seguramente alguien estará cerca, usando la cámara del teléfono o GPS y su cuenta en la red social, para proporcionar información de último minuto. Debido a este fenómeno, ahora sabemos exactamente lo que significa el colapso de un edificio o ser los primeros en llegar al lugar de los hechos. Aunque frecuentemente vemos a las redes sociales como un medio “desechable”, desde el punto de vista de investigación, recopilación de datos o mapeo, la historia de los medios sociales durante el terremoto de Puebla de 2017 ofrecerá una increíble fuente de información que puede ayudarnos a estar preparados durante la siguiente crisis.

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