Mira hacia el futuro, porque ahí es donde pasarás el resto de tu vida.

George Burns (1896 – 1996), cómico y actor norteamericano.

¡Uf! Este año, tanto la Navidad como el Año Nuevo caen en domingo. Y si esto no resume perfectamente lo atroz que ha sido este 2016, no sé que otra cosa podría demostrarlo. Entre devastadores conflictos armados por doquier, crisis de refugiados, ya varios años de estancamiento económico (al menos en México) y una nueva amenaza a la estabilidad mundial, este año definitivamente no fue apto para cardiacos.

Pic: Me at the beginning of 2016 // me at the end of 2016

Yo al principio del 2016 // yo al final del 2016. (Fuente: boredpanda.com)

Al final del día, sin embargo, cuento con una buena salud, una familia que me ama, un techo sobre mi cabeza, lo suficiente para comer, y suficiente esperanza en el futuro. Aunque ciertamente este 2016 no va a ser un año que recordaré con nostalgia, trataremos de ser lo suficientemente maduros como para entender que siempre habrá un mañana y que debemos trabajar por un futuro mejor para las siguientes generaciones; como dicen por ahí: lo curioso de la perspectiva es que siempre es más fácil en retrospectiva.

Es así como comparto el siguiente artículo, encontrado originalmente en el blog The Art of Manliness, y que a su vez está basado en la conmovedora novela La Carretera, escrita por célebre autor Cormac McCarthy. Traducida por mi cuenta, me parece una publicación muy relevante en estos tiempos que pueden parecer difíciles, pero que debemos tomarlos como una oportunidad para ser mejores seres humanos:

Vamos a estar bien, ¿cierto papá?

Sí. Lo estaremos.

Y nada malo nos va a pasar.

Así es. Porque llevamos el fuego.

Sí. Porque llevamos el fuego.

Una vez al año leo La Carretera, de Cormac McCarthy. Esta lectura anual se ha convertido casi en un rito religioso para mí. Al igual que las obras trágicas de la antigua Grecia, La Carretera me proporciona una muy necesaria liberación catártica. Cada vez que llego al final de ese oscuro, perturbador libro, termino sollozando. Mientras que ningún otro libro me ha hecho llorar, cuando termino La Carretera, las lágrimas fluyen por mis mejillas y sobre mi bigote. Todo lo que quiero hacer es abrazar a mis hijos y nunca dejarlos ir. Si has leído el libro, eres un papá, y no tienes un corazón de piedra, lo entenderás.

(Si no has leído el libro, puedes dejar de leer este artículo – contiene spoilers.)

La Carretera ha sido llamada una historia de amor entre padre e hijo, y nada podría describirlo mejor. El libro pone la belleza y el dolor de la paternidad en una poderosa perspectiva, revelando el amor paternal intensamente cerca del corazón.

Un padre sin nombre y su hijo realizan un peregrinaje a través de una triste, ceniza, post-apocalíptica Norteamérica, empujando un carrito de compras con sus suministros, perpetuamente hurgando por su próxima comida. Todo esto sucede mientras están atentos al acecho de los “chicos malos” – tribus salvajes de caníbales que merodean el paisaje en sus vehículos improvisados que corren con diésel.

El padre está enfermo, y está muriendo. Sabe que no estará por mucho más tiempo para proteger y velar por su hijo. Una sensación de ser “arrojado al mundo”, como decía Heidegger, impregna la vida de estos dos individuos, que sólo se tienen el uno al otro.

A lo largo de la historia, el hombre experimenta momentos de profunda angustia al pensar en el futuro de su hijo en este inhóspito y desolado mundo. Incluso contempla aplastar la cabeza de su hijo con una piedra para evitar que sea violado y comido por algún bárbaro sucio y depravado.

Sin embargo, al mismo tiempo, este hombre ve la esperanza y bondad en la inocente dulzura de su hijo, y por lo tanto encuentra la fuerza para seguir adelante. A lo largo del viaje, le cuenta a su hijo historias del mundo antes de su destrucción. Él le enseña al niño las habilidades físicas y aptitudes mentales necesarias para sobrevivir. Pero lo más importante, el hombre enseña a su hijo a “llevar el fuego”:

Nunca nos comeríamos a nadie, ¿verdad?

No, claro que no.

No importa qué.

No. No importa qué.

Porque somos los buenos.

Sí.

Y estamos llevando el fuego.

Y estamos llevando el fuego.

Sí.

Bien.

Para el hombre y su hijo, “el fuego” es una metáfora no sólo acerca de la voluntad de vivir, sino de vivir noblemente. Es un abrazo de bondad humana. Consiste en tener esperanza cuando todo parece desesperado. Los buenos llevan el fuego; los malos no lo hacen. En su situación actual, los lapsos morales podrían ser perdonados y racionalizados como una cuestión de vida o muerte. Padre e hijo podían permitir, como los bárbaros, que los fines justificaran cualquier medio.

Pero en lugar de eso, deciden aferrarse a la bondad a pesar de todo. No importa cuán terribles sean las cosas en el mundo de La Carretera, siempre y cuando el hombre y su hijo sigan manteniendo el fuego ardiendo dentro de ellos, todo va a estar bien al final. Es trágicamente hermoso.

Quiero estar contigo.

No puedes.

Por favor.

No puedes. Tienes que llevar el fuego.

No sé cómo.

Sí que puedes.

¿Es real? ¿El fuego?

Sí lo es.

¿Dónde está? No sé dónde está.

Sí que puedes. Está dentro de ti. Siempre estuvo allí. Puedo verlo.

Sólo llévame contigo. Por favor.

No puedo

Por favor, papá.

No puedo. No puedo sostener a mi hijo muerto entre mis brazos. Pensé que podía, pero no puedo.

Dijiste que nunca me dejarías.

Lo sé. Lo siento. Tienes todo mi corazón. Siempre lo hiciste. Eres el mejor tipo. Siempre lo fuiste. Si ya no estoy aquí, todavía puedes hablar conmigo. Puedes hablar conmigo y hablaré contigo. Ya lo verás.

Lleva el fuego

Esa frase encapsula perfectamente la tarea de la paternidad. Aunque no me enfrento a hordas de vándalos que mantienen esclavos sexuales y son devoradores de bebés, a menudo comparto los mismos sentimientos que el hombre sin nombre en La Carretera. Al igual que él, a veces siento que he sido arrojado al mundo con mis hijos, que somos extraños en una tierra extraña, que sólo estoy averiguando las cosas sobre la marcha.

Y aunque espero no morir pronto como el hombre de La Carretera, sé que mi tiempo con mis hijos es limitado. Gus acaba de cumplir seis años y ¡vaya!, esos años se van volando. En apenas doce más, él probablemente nos dejará a mí y a Kate para salir por su cuenta. Durante este tiempo, tengo que enseñarle todo lo que pueda para ayudarlo a sobrevivir y prosperar – tengo que prepararlo para el momento en el que yo ya no sea una presencia constante en su vida. Lo mismo ocurre con mi hija, Scout.

Pero lo que más me preocupa es si estoy enseñando a mis hijos cómo ser seres humanos buenos y nobles, incluso cuando sus circunstancias podrían proporcionarles excusas para la laxitud moral – lapsos justificados por el egoísmo, o provocados por la amargura, el pesimismo y la apatía. ¿Elegirán el idealismo sobre la desconfianza? ¿Virtud sobre el vicio? ¿Decencia sobre el abandono? ¿Esperanza sobre la desesperación?

¿Les estoy enseñando a llevar el fuego?

¿Estoy transmitiendo los valores que aprendí de personas como mi abuelo, padres y otros mentores?

¿Todavía llevo el fuego que me pasaron, o lo he extinguido, o lo he dejado enfriar?

Si todavía llevo el fuego, ¿qué estoy haciendo para alimentar la llama y mantenerla viva?

¿Acaso una luz arde lo suficientemente brillante, como para que otros puedan sentir el calor y se calienten por ella?

¿Qué estoy haciendo para pasar el fuego a mis hijos? ¿Les muestro en mis acciones y palabras cómo llevarlo? ¿Tengo intención de hablarles acerca de los hombres y mujeres que vinieron antes de ellos, que llevaron el fuego a pesar de las dificultades y los reveses?

Cuando mis hijos me dejen cuando sean adultos, y finalmente deje a mis hijos debido a mi muerte, ¿podrán llevar el fuego adelante? ¿Sabrán cómo cuidarlo por su cuenta y pasarlo a sus hijos? ¿O se extinguirá el fuego antes de que las generaciones futuras puedan recoger la antorcha?

Creo, espero, que estoy haciendo un buen trabajo con esta tarea de llevar el fuego. Pero cada vez que leo La Carretera, me convenzo de hacerlo mejor. Trato de ser más humano, más civilizado. Soy más intencional acerca de enseñar esas cosas a mis hijos. Trato de ser más esperanzador, y menos receloso.

Incluso si todavía no eres un padre, y tal vez nunca te conviertas en uno, la tragedia moderna de La Carretera todavía puede proporcionar lecciones y estímulos para la reflexión. ¿Todavía llevas el fuego que te han pasado de tus antepasados? ¿Cómo demuestras su comportamiento? ¿Posees una luz interior que calienta a todos los que encuentras?

Algunos de ustedes podrían estar pensando, “Bueno, mis padres y abuelos eran perezosos y canallas. Definitivamente no tenían el fuego.” El hecho de que lo reconozcas indica que ya tienes una llama naciente dentro de ti.

Aliméntala.

Haz el bien. Sé decente. Encuentra a otros que llevan el fuego para que puedan combinar sus llamas en un resplandor rugiente.

Es fácil sentirse cansado y desanimado en el mundo de hoy – que tus buenas acciones no serán recompensadas ni notadas en el mejor de los casos, y en el peor, que te perjudican.

Pero ese es el precio que a veces se paga por llevar el fuego. Tú te inmolas voluntariamente para proporcionar el calor y la luz necesitados por un mundo frío y oscuro. Como he dicho antes, es trágicamente hermoso.

Cada mañana, cuando te levantes de la cama, piensa en recoger una antorcha, encendiéndola en la metafórica fogata que siempre mantienes ardiendo, llevándola contigo cuando sales de casa.

En los momentos de calma que experimentarás durante todo el día – cuando estés sentado en el tráfico pesado, cuando estés mirando sin pensar en la pantalla de tu smartphone, cuando estés a punto de dormirte – pregúntate:

¿Estoy llevando el fuego?

Carry the Fire. The Art of Manliness. (Oct. 31, 2016).
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